Sin palabras

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”

Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logicus Philosophicus

 

La tarde del 25 de agosto fueron asesinadas más de cincuenta personas por un grupo armado que prendió fuego al Casino Royale en la ciudad de Monterrey. Un testigo declaró: “estuvo horrible, no se puede expresar con palabras”; y otro: “No hay palabras para describir lo que sucedió”. Por la noche el Secretario Técnico del Consejo de Seguridad Nacional lamentó y condenó estos “actos indecibles de terror”. Para el funcionario fue “un acto de terror, indecible”, un “delito sin nombre”.

¿Qué es lo indecible? ¿Qué es lo que no podemos figurar por operaciones simbólicas comunes? Entiendo que la víctima de la violencia y el testigo están ante el espanto del incendio y desde luego comprendo que al funcionario le impresionan fuertemente las noticias, pero su discurso no puede reducirse al grito inaudible, la mueca de dolor, y a esa forma sonora de la nada: el silencio. La indecisión del gobierno no la entiendo. Los hechos a los que se refiere tienen nombre, son delitos tipificados en el código penal -desde el homicidio hasta el daño en propiedad ajena, incluso el terrorismo (artículo 139)- ¿Por qué entonces remitir estos hechos criminales a la emoción inefable, discursivamente impensable, inenarrable, sin sentido? Tienen un significado jurídico.

Lo indecible representa en el mensaje del vocero la impotencia de un gobierno federal incapaz de definir la situación política. Esto produce una mayor incertidumbre. “El mal auténtico, decía Hannah Arendt, es el que nos causa un horror indecible”(Responsability and judgement). Un mal indeterminado, un temor sin límites. 

 

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