Merolico en la Hemeroteca Digital Nacional de México

I

Estas vacaciones navideñas leí Memorias de Merolico. Páginas arrancadas a la historia de su vida por XYZ (México: Los Reyes, 2011, facsímil de la edición de Filomeno Mata, 1880). La introducción es totalmente insatisfactoria, pero fue eficaz para animar mi curiosidad por Rafael Juan de Meraulyock, o Merolico, decidí por eso formarme una idea certera de este personaje en la Hemeroteca Digital Nacional de México. Este Merolico me interesó porque dio nombre a los merolicos, fascinantes personajes urbanos, de la cultura popular de la ciudad de México "merolico" es el mexicanismo con que se designa por acá a los charlatanes que venden productos milagrosos, para beber, untar, inyectar, drogas para curar cualquier tipo de malestar o sufrimiento.    

La primera referencia para Merolico con mayúsucula es de La Voz de México (23 agosto 1879) que informa que entre los pasajeros de un vapor de Nueva York que fondeó en Veracruz desembarcó “D. Meraulyok e hija”. Un par de meses después está ya instalado en la ciudad de México. La Patria (30 octubre 1879): “Se nos dice que en los exámenes que sustentó en la Escuela de Medicina para obtener el título de cirujano dentista [el Dr. Rapahel J. de Meraulyok], dejó satisfechos a los sinodales, manifestando además extraordinarios conocimientos en química” (nótese el honrado "se nos dice": es una información indirecta, probablemente suministrada por el interesado, Merolico). El mismo periódico publica, "entre paréntesis", un mensaje de este doctor, ya titulado en México, que busca una muchacha de “familia muy decente” para que cuide a la niña que le acompaña.

Las consultas callejeras de Merolico son un espectáculo. Diagnostica, trata, administra sus brebajes. Sanos y enfermos le solicitan atención. El Siglo Diez y Nueve (3 noviembre 1879) informa: “La inspección general ha dictado las órdenes correspondientes a fin de evitar el alboroto que las curaciones gratis del Dr. Meraulyok producían en el público. El doctor de quien se trata avisa ya, por medio de cartelones, que solo recibirá en su casa las consultas de paga”. Por la mañana daría consultas gratuitas en la plazuela del Seminario con una escolta de gendarmes. Al tiempo que triunfa como celebridad popular, la fanfarronería de Merolico irrita a la prensa ilustrada –el sentimiento cientificista del positivismo de la época. La Libertad (6  noviembre 1879) publica una sátira en la que se le compara con el doctor Fausto y lo presenta como “profesor en Medicina, Cirugía, Arte dental, Física, Química, Teología, Astronomía, Filosofía, Matemáticas, Botánica, Magnetismo, Espiritismo y Literatura; en los idiomas siguientes: Francés, Español, Italiano, Portugués, Latín y Griego”. El satirista se burla de que todos estos saberes los pone Merolico al servicio de “la humanidad doliente” en un frasco, un “¡Elixir maravilloso, único en el mundo, el verdadero restaurador de la vida humana! […] Es un remedio sin rival para Hemorragia en particular y para todas las enfermedades en general”. 

El Combate (9 noviembre 1879) publica un divertido artículo sobre los rumores que levanta el populacho en torno a Merolico: “no sólo es médico, decía uno, sino brujo”. Es taumaturgo prodigioso. El rumor, no tanto Merolico, produce lo asombroso. Otro cuenta que en un sanatorio presenció la autopsia de un descuartizado en la que Merolico intervino milagrosamente: “juntó los fragmentos del muerto […] dijo unas palabras en latín, y […] el muerto se levantó y nosotros echamos a correr”. Estas burlas se fijan pronto en una convención, Merolico es tópico de chistes. La Industria Nacional (16 noviembre 1879): “recordemos que existe una disposición para que no se pongan macetas en los balcones. Ayer una apreciable señorita, al pasar por la botica […] recibió un baño de regadera y […] no recetado por el Dr. Merolico”. Es una figura graciosa para los lectores de periódicos –el público ilustrado–, pero su consulta sigue siendo popular, contra las recomendaciones del Consejo Superior de Salubridad que en noviembre envía a la Secretaría de Gobernación un extrañamiento por las operaciones que realiza Merolico como cirujano y los brebajes que receta. El 20 de noviembre La Patria sale en defensa de los médicos mexicanos: “La justa nombradía de que hasta ahora disfruta entre todos los sabios de Europa, la Escuela de Medicina de México, nos obliga, para salvarla de una crítica, a declarar que el llamado Dr. Meraulyok, asienta una audaz falsedad, y esperamos que la prensa mexicana hará igual declaración”.

El 22 de noviembre El Cronista de México reproduce el anuncio de La Tribuna que adelanta el título de “un periódico burlesco” que comenzará a circular: “El Doctor Merolico”. Para diciembre Rafael J. de Meraulyok, con el nombre cambiado por Merolico, lugar común para las carcajadas, tendrá que preparar sus maletas.  

II

Luego aparece en la ciudad de Puebla: “Este saltimbanqui, charlatán entre los charlatanes, está haciendo su agosto en Puebla, pues explotando el fanatismo esquilma sin compasión a aquel cándido pueblo” (La Industria Nacional, 12 febrero 1880). Ya no se presenta como médico titulado: “Todo lo hace en nombre de la Divina Providencia, enclavija las manos, vuelve el rostro al templo para inspirarse, suspende sus tareas a las doce, y revende rosarios y cruces, con demostraciones fervorosas […] El pueblo, que antes se burlaba de Merolico, ahora le aclama y le pide su santa bendición”. El Comabte (12 de febrero 1880) y la Voz de México (13 febrero 1880) reportan que Merolico fue acusado ante un juez de lo criminal “por haber roto el tímpano a un sordo”.

En su defensa, cuenta La Ilustración Católica (21 febrero 1880), “habló con tanta osadía que dejaría perplejo al mismo Satanás”, alardeó de que “conocía las legislaciones de todos los pueblos antiguos y modernos y que la legislación de México era la más imperfecta de todas”, por cierto.

En julio Merolico andaba en el estado de Veracruz. El 4 de septiembre, La Libertad da la noticia de que “Meraulyok, este grotesco personaje, fue de Orizaba a Córdoba, con objeto de expender sus elixires y panaceas. El domingo pasado, como de costumbre, provocó un escándalo. Las autoridades lo obligaron a conocer la cárcel en la que permanece hasta la fecha”; y El Centinela Español: Merolico “volvió a Chirona, y por esta vez acusado de un horripilante delito […] son escandalosísimos los pormenores que se dan de este hecho” (se refieren a las relaciones que tenía Merolico con la niña que lo acompañaba). Para principios de diciembre de 1880 La Libertad publica la noticia de la última fuga mexicana de Merolico: huyó del arraigo en Orizaba, en Veracruz lo capturaron, pero en el tren se volvió a escapar abandonando a su hija. Se ignora su paradero.

Merolico

III

Hasta aquí llegan mis pesquisas de Merolico en la Hemeroteca Digital Nacional de México. Este personaje ilustra, como comenta Claudia Agostoni, las tensiones de la época entre la medicina científica y la creencia en la eficacia de otras prácticas medicinales --no reconocidas como científicas. Una tensión irresuelta. En Merolico se condensaban diferentes trayectorias en las que se tensaban: las ansiedades por la enfermedad, la credulidad pública y la salud. Desde los imaginarios que refieren la representación literaria del médico charlatan, en Quevedo o Rabelais, Molière o la figura del Médico de la Peste en la Commedia dell'Arte, hasta los saberes y prácticas de curación tradicionales, locales, indígenas, todo eso, frente a las modernas formas científicas.

La defensa del campo científico frentre a otros campos sociales es interesante aquí. La autonomía de la medicina respecto a la política es evidente en un pequeño debate en la prensa durante el mes de febrero de 1880. Merolico evidenció la falta de la enseñanza de la odontología (o su equivalente) en la Escuela de Medicina, por eso se decidió formar "una cátedra para la enseñanza científica del arte del dentista" nombrando para ocuparla a Manuel Antonio Ortega Reyes, suegro del presidente de la república Porfirio Díaz. El Republicano (13 febrero 1880) criticó este nombramiento como una invasión de la política en la ciencia. Los estudiantes se burlaban "del suegro del ejecutivo": "Merolico ha ingresado a la junta de maestros catedráticos". Esta autonomía la reclamaban los médicos frente a cualquier otro campo, fuera de la Escuela de Medicina, frente a la religión y las superstición, la magia, brujería, la charlatanería. ¿Qué es un charlatán? En El paciente, el terapeuta y el Estado Élisabeth Roudinesco escribe:

Toda sociedad otorga un lugar a la figura del impostor, por el hecho mismo de que sólo puede funcionar a condición de definir claramente a quién rechaza y a quién incluye en función de las normas que se ha fijado. Así, el charlatán, de cualquier manera que se lo denomine, es siempre una figura estructural de lo heterogéneo. Definido como parte maldita, es lo que escapa a la razón o al logos. Es el diablo, el excluido, lo sagrado, la suciedad, la pulsión, lo inconfesable, la muertre. Pero es a la vez la droga (pharmakon), el dispensador de drogas (pharmakos), el drogado, el chivo emisario o el mártir que es preciso castigar para que la sociedad se regenere. El charlatán por consiguiente es un ser doble: carga con la sanción, pero es también la condición de toda sanción. Otorga la curación con ayuda de pociones milagrosas y a la vez distribuye el veneno. Envenenador o reparador, tirano o miserable, el charlatán es el otro de la ciencia y de la razón, el otro respecto de nostros mismos.

Merolico fue todo esto y quedó en el sustantivo merolico el recordatorio de esa lucha cultural. Y sigue siendo importante la pregunta: ¿Qué es un médico, y qué un merolico? La magia de una modernidad desencantada, desmitificada, desacralizada, es lo que vendía Merolico, una impostura. Por eso representa una derrota cultural para la ciencia que en México, actualmente, se vendan miles de “productos milagro” y que médicos charlatanes practiquen sus atrocidades.

Uno de los más inteligentes artículos sobre la clínica chimolera de Merolico lo escribió el poeta y cronista Manuel Gutiérrez Nájera: “¿Es un charlatán? ¿Es un sabio? Antes de contestar, necesitaría saber a punto ¿cuál es el punto que separa al charlatán del sabio? En todo sabio hay algo de charlatanería, como en todo charlatán hay algo, y aun algos, de sabio”. Es cierto, por eso un gran esfuerzo se realizó por quitarle la máscara y ridiculizarlo. El 11 de mayo de 1880, La Patria anuncia que “dos ingeniosos de esta real y descabezada corte [la ciudad de México]" escriben las  Memorias de Merolico, precisamente el librillo que leí estas vacaciones, una breve narración picaresca, galante, rocambolesca, fantástica, que se pitorrea no sólo de Merolico sino de todos, en nombre de Merolico, y que la crítica literaria atribuye a José Negrete. El 16 del mismo mes, La Libertad anuncia en el Teatro Principal la representación del “Doctor Merolico”.  El ataque de los académicos, los chistes, unas memorias apócrifas, una comedia, la cárcel, todo contra este charlatán, para que los merolicos de hoy en día publiciten impunemente sus productos milagrosos.

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--- Agradezco a Laura Lee Roush el enlace para las Memorias de Merolico, atribuido a José Negrete.

--- El 18 de enero de 2012 por decreto del ejecutivo se reformó la Ley General de Salud en materia de publicidad, contra los "productos milagro".

La Antorcha

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En las dos o tres librerías que me quedan a la mano al sur de la ciudad de México mi curiosidad es sobre todo académica, pero este año encontré "La Antorcha". Selección de artículos de "Die Fackel". El autor es Karl Kraus, la selección y la traducción son de Adan Kovacsis, la editorial es Acantilado, la primera edición es del 2011. Fue el libro del año para mí. 

La primera noticia que recuerdo de Karl Kraus fue por un par de ensayos de Roberto Calasso en Los cuarenta y nueve escalones, o por un capítulo de El mito habsbúrgico en la literatura austriaca moderna de Claudio Magris. No importa, me llamó poderosamente la atención ese autor que durante treinta y siete años, de 1899 a 1936, escribió, editó y publicó en Viena La Antorcha, una crítica de los periódicos, contra los dichos de los periodistas y sus efectos como hechos noticiosos –la construcción periodística de la realidad–, un ataque contra la opinión publicada en los rotativos, desde el lenguaje y estilo de la prensa escrita, sus adornos y clichés, hasta las ideas recibidas por ella en las esferas públicas. Nada tan necesario.  

Kraus escribió cientos de números de Die Fackel. Poquísimos artículos han sido traducidos al castellano: el volumen de Acantilado contiene medio centenar sobre diferentes cosas, la moralidad, el teatro, lo público y lo privado, la justicia, los monumentos, las catástrofes, la publicidad, el progreso, el apocalipsis, el lenguaje. Algo es algo. 

La obra de Kraus no se reduce a lo escrito. Fue un orador apasionante, que producía espanto entre sus oyentes –como lo recuerda Elias Canetti en un retrato invaluable--, un elegante polemista de varios recursos, como lo retrata Walter Benjamin, con una gran influencia cultural, según los más entusiastas, o al menos con afinidades intelectuales sorprendentes con figuras salientes de la cultura vienesa, lectores de la Antorcha. Una de estas afinidades es la que Jacques Bouveresse identificó con Ludwig Wittgenstein, en su atención a los límites del lenguaje y el pensamiento, la tensión entre hechos y opiniones, entre ciencia y periodismo, en fin, en la crítica de Sigmund Freud. Eso por ejemplo, uno echa de menos en el volumen de Acantilado artículos de Karl Kraus en este sentido: sus finas ironías contra el psicoanálisis.

Faltan en el libro otras cosas. El editor pone aquí y allá unas notas, con un índice onomástico al final. El lector agradecería una idea del contexto, de esa larga noche finisecular de la capital del antiguo imperio austrohúngaro, de ese Mundo de ayer como lo llamó Stefan Zweig en sus memorias --o Kakania en El hombre sin atributos de Robert Musil. Yo tuve la suerte de encontrar en la misma mesa de novedades la magnífica historia de Carl E. Schorske, La Viena de fin de siglo. Política y cultura (Buenos Aires: Siglo Veintiuno, 2011). En México, no faltan los comentaristas de las letras alemanas y lectores de Kraus, como lo fue Juan García Ponce o como son José María Pérez Gay y Juan Villoro; pero nos faltan, y este es el contexto que considero relevante en mi lectura de La Antorcha, nos faltan los críticos del periodismo. Esto me importa.

Por supuesto que hay alguna crítica de la prensa, como la que suele hacer por oficio José Carreño Carlón o con ingenio y erudición Guillermo Sheridan a veces. Lo hace Gil Gamés con humorismo, con rigor académico Fernando Escalante Gonzalbo o como leemos en las intervenciones de Carlos Bravo Regidor en eso que él llama la “conversación pública”. Fuera de unos cuantos, nadie se toma en serio lo ridículo de la prensa, su gazmoñería, su banalidad, su sentimentalismo, su “declarocracia”, su desmemoriado sentido histórico, su culto a la celebridad o, ya para terminar, eso que identificó Claudio Lomnitz entre los columnistas, que es tan frecuente que saqueen las opiniones de unos y otros como raro es que debatan entre sí.

Le faltan cosas a La Antorcha de Acantilado, pero es una llama, una pequeña flama de la obra de Kraus que, salida del tunel del tiempo, ilumina, aluza lo que nos falta en nuestra vida pública. 

 

La criminalización del Estado

El título es chocante porque el crimen es un límite conceptual del Estado: límite moral entre lo justo y lo injusto, límite jurídico entre lo legal y lo ilegal, límite político entre lo legítimo y lo ilegítimo. Por eso lo criminal suele excluirse de la estatalidad por oposición (el Estado se opone al crimen, lo enfrenta, lucha contra los criminales, etcétera) o incluirse por subordinación jerárquica: la criminalidad es reducida por la autoridad, el poder o la fuerza estatales. Esta serie de límites producen en su uso esa línea imaginaria por la que lo criminal queda fuera, frente, contra o bajo la ley –el derecho penal– del Estado.

   Pero es una ilusión.

   Los africanistas Jean- Francois Bayart, Beatrice Hibou y Stephen Ellis justifican el título de su libro La criminalisation de l'état en Afrique (1997) [The Criminalization of the State in Africa (1999)] al identificar ciertas condiciones criminales en los procesos de configuración estatal subsaharianos: 1) condiciones materiales, relativas al comercio ilegal, el narcotráfico, la trata de personas, el contrabando de armas, los tiraderos de basura tóxica, la piratería, la explotación irregular de recursos naturales, la economía predatoria de negocios ilícitos; 2) condiciones políticas relativas a la privatización del Estado –la traslación de recursos, responsabilidades, facultades y competencias públicas a manos privadas– y la lucha entre facciones políticas utilizando los poderes del Estado; 3) condiciones culturales, relativas a las figuraciones de lo invisible, las representaciones de poderes mágicos que legitiman la violencia; 4) condiciones sociales, por ejemplo relativas a los valores de una juventud sin alternativas en un orden social sumamente violento, atraída hacia los estilos de vida delincuenciales, sus formas de ostentación y símbolos de distinción, su poderío. 

   Las variaciones particulares de este proceso estarían, según los autores, en las trayectorias históricas de los procesos de acumulación y distribución de la riqueza, en la formación del Estado y su inserción en los mercados internacionales, pero identifican cinco indicios generales de la criminalización estatal. 

Primero) La relegación del África subsahariana en la diplomacia y los circuitos financieros continentales --al contrario del Magreb en sus relaciones mediterráneas.

Segundo) Las fallas en las transiciones democráticas tras regímenes autoritarios de partido único y tras el entusiasmo de los "movimientos sociales" y la participación política de la "sociedad civil", con sus efectos en la confianza pública y la soberanía.

Tercero) La proliferación de conflictos armados -con sus efectos territoriales y poblacionales (véase este artículo de Achile Mbembe )--, fallando toda intervención internacional.

Cuarto) La recomposición del subcontinente en torno a nuevos ejes de influencia diplomática y de comercio internacional –diferentes de los de la Guerra Fría.

Quinto) La implicación creciente de empresarios y políticos europeos, árabes, asiáticos y latinoamericanos basados en África, o sus operadores, en actividades que pueden ser consideradas ilegales o criminales según leyes y tribunales nacionales o internacionales.

   Estos indicios por supuesto son siempre difíciles de cuantificar. Las estadísticas sobre el comercio ilegal son aproximativas porque faltan registros contables sistemáticos y accesibles, por eso resulta difícil estimar el volumen de la economía informal –midiendo el PIB, los niveles de producción, los de crecimiento, de consumo, la balanza de pagos, etcétera– aunque se intuya su importancia. En todo caso, cualitativamente es notable el recurso regular, normalizado, de prácticas criminales relacionadas con rituales, tecnologías, operaciones e instituciones estatales; Bayart, Hibou y Ellis identifican así seis síntomas.

Uno) El recurso a los medios legítimos de la violencia estatal para fines privados por aquellos en posiciones autoridad y su función instrumental en las estrategias de acumulación de la riqueza.

Dos) La existencia de una estructura colectiva de poder que rodea o incluso controla a los funcionarios públicos, en las altas esferas de la jerarquía burocrática, y que se beneficia de la privatización del ejercicio de la fuerza física legítima o recurre, impunemente, a los aparatos de violencia legítimos.

Tres) La participación de esa estructura, más o menos clandestina, en actividades económicas tipificadas  como criminales.

Cuarto) La inserción de esas actividades económicas en las redes del crimen internacional.

Cinco) La hibridación entre formas culturales constituidas en torno a esas actividades económicas en el espacio local o regional y los repertorios simbólicos en que circulan globalmente.

Seis) La importancia macroeconómica de esas prácticas entre la clase política para el orden social. En estas condiciones el crimen no es un escándalo excepcional o extraordinario para la política, sino lo normal y regular.

El reproche para los autores es su “afropesimismo” (aquí una respuesta de Bayart a sus críticos), pero no se trata de un fenómeno exclusivamente africano. El túnel del tiempo tiene varios ejemplos sobre las relaciones entre el Estado y la guerra por un lado y, por otro, los procesos de acumulación de capital y el crimen. La literatura política tiene varias páginas escritas sobre las relaciones entre las armas y las leyes, la justicia y la violencia, el delito y la política, la fuerza y el derecho --desde el discurso de Tarsímaco en La república de Platón. Los regímenes democráticos con "Estado de derecho" (¿hay estados sin derecho? ¿el Estado no es un sistema de normas e instituciones jurídicas? ¿no es por referencia al derecho que son, o no, criminales?) no están exentos de este fenómeno, como afirma, sin optimismo, Didier Bigo

Regresemos al título. Es tan inquietante como la idea de “crímenes de Estado” que tiene en contra el principio societas delinquere non potest [la sociedad no puede delinquir]. El Estado no puede delinquir en su totalidad --todos a una como en Fuenteovejuna--, todos culpables y castigados por igual, gobernantes y gobernados, como un todo. Es necesario depurar las responsabilidades, imputar individualmente los ilícitos punibles y atribuir individualmente las culpas. En México, ¿quién sería el responsable de la “criminalización del Estado”? 

No future

 

El gran torbellino del mundo nos lleva a Inglaterra donde más de mil quinientas personas son juzgadas por los motines de agosto. Los disturbios iniciaron en el barrio de Tottenham, Londres, tras el asesinato de Mark Duggan en un enfrentamiento con la policía: cientos de personas salieron a las calles con palos y piedras, incendiaron patrullas y saquearon tiendas. Los motines se extendieron a otros barrios y ciudades. No son para nada los primeros motines en la historia inglesa.

 

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Old Price Riots 1831

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Gordon Riots 1780

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Gordon Riots 1780

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Priestley Riots 1791

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Priestley Riots 1791

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Luddite Riots 1812

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Bristol Riots 1831

 

El tunel del tiempo se detiene en los tumultos de Brixton de 1981 o acaso en los Poll Tax Riots de 1990, quizá para compararlos con Los Ángeles 1992 o tal vez con los banlieus franceses del 2005. Estas experiencias iluminan sin duda algunas cosas comunes reconocibles en los motines de agosto: tensiones de raza y clase, desigualdad, violencia policiaca, una política fiscal que afecta sensiblemente la vida cotidiana, desempleo, falta de oportunidades de acceso a mejores condiciones de vida. Incluso, en nuestro horizonte histórico la idea de que no hay futuro es ideológicamente más fuerte que en los años ochentas --cuando los Sex Pistols cantaban No future--, porque ahora son las élites intelectuales quienes se lamentan ante la contracción de expectativas de un futuro comúnAhora bien, todas estas cosas no son un factor determinante para formar un alboroto de aquellos, vandalismo, pillaje, saqueo, relajo en gran escala, con palos, piedras y fuego.

Últmimamente se ha dicho que están los dispositivos móviles de comunicación como novedad. Es un instrumentro táctico, en la convocatoria y el enfrentamiento, pero no son una causa suficiente para la rebelión. Las redes sociales muestran que los motines no son tan caóticos, tienen su lógica y su estrategia.

Hay diferentes tipos de motines, por eso conviene esperar los datos de los procesos judiciales sobre el domicilio, la edad, la ocupación y el género de los actotres para tener una idea. En sus estudios sobre la economía moral de la multitud, Edward Palmer Thompson se quejaba del reduccionismo economicista en las historias de motines de subsistencia (food riots) que elimina las complejidades sociológicas de la acción en los tumultos, sus motivos y funciones. Observaba por ejemplo la legitimidad o el consenso moral de la multitud, el memorial de agravios y el testimonio de la indignación frente a condiciones que creían injustas, contra una política económica considerada inmoral. No eran reacciones ante el hambre, espasmos del estómago, por la comida. Mucho menos los motines de agosto.

Más de mil quinientas personas son juzgadas por diferentes delitos. Entre todas dramatizaron el descontento popular, la desigualdad, el sentimiento de injusticia, incendiaron coches, comercios, bancos, saquearon tiendas de ropa, robaron aparatos electrónicos y mercancías de lujo, bienes para el consumo ostentoso, símbolos de distinción social, acaso para emular en un escenario apocalíptico el estilo de vida de los ricos y las celebridades del espectáculo ¿Por qué?

No lo sé, pero es significativo que el Reino Unido sea más desigual que en los años de entreguerras (1920) en la acumulación y la distribución de la riqueza, en la renta y los salarios, en la educación y otras oportnidades vitales, sin movilidad intergeneracional, con efectos sobre la salud y la desconfianza pública, la criminalidad --como argumenta Tony Judt en las primeras páginas de Algo va mal (2010) tomando como referencia los datos de Richard Wilkinson y Kate Pricket, The Spirit Level (2009), y de Tim Jackson, Prosperity Without Growth (2009).

Los conflictos al final producen orden, una idea de futuro.


Bulldog

 

La mano con ojos

“Ahora sí que le picaron los ojos a la mano”, se lamenta un sujeto al que apodan La Mano con Ojos. Está en un interrogatorio en la procuraduría de justicia del estado de México. Lo traicionaron, pero relata con satisfacción, incluso con placer, que mandó asesinar a unas trescientas personas y que asesinó a otras tantas. “¿Por qué la mano?”, le preguntan.

No debemos descartar el narcisismo del criminal ni su paranoia. “Todo lo veo, todo lo escucho”, respondió. Por eso sabe los crímenes de sus enemigos: "uno anda en la maña y uno se entera de todo, quién hizo esto, quién no hizo esto, todo se entera uno acá". Estas respuestas nos alejan del teatro de marionetas de la televisión –el títere de guante El Compayito– y del fantástico Pale Man, para arrojarnos por el túnel del tiempo. En la Ciropedia (circa 360 a.C.) de Jenofonte la mano con ojos representa un instrumento para gobernar. “Muchos son los oídos y muchos son los ojos que se le atribuyen al Rey, y en todas partes hay temor de decir algo que disguste al Rey, como si él mismo estuviera oyendo, y de hacer algo que le disguste, como si él mismo estuviera presente […] cada cual se comportaba con quien sucesivamente estuviera como en presencia de todos los ojos y oídos del Rey”. Este sistema de espías es lo que La Mano con Ojos llama sus “alfas” y “halcones”, una red de vigilantes, confidentes y delatores en calles, comercios, taxis y burocracias de su zona.

En la Iconología (1593) de Cesare Ripa la imagen de la mano con ojos representa el actuar con prudencia, ver y prever las consecuencias de la acción, sus efectos. Nunca es poca la prudencia del político, como se lee en el emblema 51 de Diego de Saavedra Fajardo, Fide et diffide. El príncipe, al comprometerse, al contratar o realizar un pacto en la atención de los asuntos públicos, en todo arreglo, debe confiar y desconfiar, dar la mano, pero nunca sin ver (esto pasa únicamente cuando le pican los ojos a la mano).

 


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Los racketeers

El jueves el presidente de la república declaró tres días de luto nacional por el ataque al Casino Royale. Las banderas se izaron a media asta, los rosarios se rezaron, los funerales se lloraron, los listones negros se pegaron en la manga y este lunes nos amanecimos con las fotografías, los nombres y la detención por la policia de Monterrey de cinco personas que confiesan haber incendiado la casa de juegos porque los dueños no pagaron el “derecho de piso”. No son unos pirómanos ni unos jugadores arrepentidos.

Tampoco son terroristas. “Es un negocio de un racket local” --dijo en la televisión Héctor Aguilar Camín ¿Un racket? Es necesario regresar en el túnel del tiempo a la era del jazz, representada en la imaginación popular por el cine negro y la novela negra, durante los años de la prohibición en los Estados Unidos, los fabulosos años veinte.

El racketeering era lo que hacían los gangsters. El gran Julio Camba escribió en un artículo de la La ciudad automática (1932): “en su acepción más generalizada, significa el acto de cobrar el barato, pero que puede significar también el chantaje, la estafa, el negocio sucio, el crimen organizado, etc., etc.”. Es una palabra nueva, para referir una cosa vieja: “los racketeers no han inventado nada, ni el soborno, ni la captación de mercados a golpes de ametralladora […] ni la publicidad mortífera, ni el escándalo, ni el aniquilamiento personal como medio de lucha económica, ni la moral de la eficiencia, ni nada, en fin”. Todo esto era el racket.

No le parecía una novedad porque era una industria como cualquier otra. “El racketeering es una organización como todas las otras organizaciones. Una organización con su departamento de crédito, su departamento de publicidad, su departamento de terror, su departamento de soborno, sus sucursales, sus proveedores y clientes. La mercancía no importa gran cosa”. La mercancía o, mejor, el servicio que ofrecían en el mercado era la protección: “protección realmente eficaz, porque ¿quién puede protegerle a uno contra los ataques de una persona determinada mejor que esta misma y determinada persona?” Los primeros clientes de los gangsters eran los comerciantes, con efectos sobre los precios, pero terminaban, en su tendencia monopólica, por controlar el mercado local. En fin, probablemente los ataques del Casino Royale fueron una forma del racket

No son terroristas y enhorabuena. En Monterrey unos empresarios se dedican al negocio de la protección privada, toman decisiones sobre lo justo y lo injusto, la vida y la muerte, cobran impuestos, y el presidente de la república declara el duelo nacional. Que no se nos escape la analogía de Charles Tilly: el Estado es la quintaesencia de los rackets de protección con la ventaja de la legitimidad.

Sin palabras

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”

Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logicus Philosophicus

 

La tarde del 25 de agosto fueron asesinadas más de cincuenta personas por un grupo armado que prendió fuego al Casino Royale en la ciudad de Monterrey. Un testigo declaró: “estuvo horrible, no se puede expresar con palabras”; y otro: “No hay palabras para describir lo que sucedió”. Por la noche el Secretario Técnico del Consejo de Seguridad Nacional lamentó y condenó estos “actos indecibles de terror”. Para el funcionario fue “un acto de terror, indecible”, un “delito sin nombre”.

¿Qué es lo indecible? ¿Qué es lo que no podemos figurar por operaciones simbólicas comunes? Entiendo que la víctima de la violencia y el testigo están ante el espanto del incendio y desde luego comprendo que al funcionario le impresionan fuertemente las noticias, pero su discurso no puede reducirse al grito inaudible, la mueca de dolor, y a esa forma sonora de la nada: el silencio. La indecisión del gobierno no la entiendo. Los hechos a los que se refiere tienen nombre, son delitos tipificados en el código penal -desde el homicidio hasta el daño en propiedad ajena, incluso el terrorismo (artículo 139)- ¿Por qué entonces remitir estos hechos criminales a la emoción inefable, discursivamente impensable, inenarrable, sin sentido? Tienen un significado jurídico.

Lo indecible representa en el mensaje del vocero la impotencia de un gobierno federal incapaz de definir la situación política. Esto produce una mayor incertidumbre. “El mal auténtico, decía Hannah Arendt, es el que nos causa un horror indecible”(Responsability and judgement). Un mal indeterminado, un temor sin límites.